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dijous, 22 setembre 2011

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Fotomuntatge sobre la teoria Keynes - American.com

“Quizá la mayor parte de nuestras decisiones de hacer algo positivo, cuyas consecuencias completas se irán presentando en muchos días por venir, sólo pueden considerarse como el resultado de los espíritus animales —de un resorte espontáneo que impulsa a la acción de preferencia a la quietud, y no como consecuencia de un promedio ponderado de los beneficios cuantitativos multiplicados por las probabilidades cuantitativas.”

Esta frase la podemos encontrar en el libro de economía más influyente del s.XX, y desgraciadamente para los amantes de la libertad, parece que también del s. XXI. El genial John Maynard Keynes, que según Hayek no sería Keynesiano (http://www.youtube.com/watch?v=Oqhe4K1Jz-8 ), viene a decirnos con un lenguaje algo pomposo que el ser humano no es capaz de tomar decisiones basándose en la razón, sino que es un suerte de bipolar que se guía por impulsos y sensaciones. El Lord inglés sabía dónde apuntaba, todo un torpedo en la línea de flotación de la ortodoxia económica, ya que la racionalidad de los agentes es el primerísimo precepto sobre el que se basan todas las teorías del espectro liberal. La justificación para la intervención estatal era incontestable, el mercado jamás podrá auto-regularse porque quienes participan en él no toman decisiones de manera lógica y razonada. Precisamente la solución que proponen los discípulos de Keynes – él no creía en la intervención económica continua – es que el Estado solucione los fallos de mercado que tienen, en parte, su origen en esa falta de racionalidad de los agentes.

Este argumento de la irracionalidad fue apoyado por el surgimiento continuo de distintas teorías psicológicas new-age exaltadoras del sentimentalismo del ser humano y revestido con un aire de cientificismo por el manido Dilema del Prisionero. No debe sorprendernos que Keynes haya resucitado en nuestros tiempos, la postmodernidad ha deslegitimado la razón y revalorizado las emociones.

Como Mises ya observó, es imposible aplicar el método de las denominadas ciencias naturales al estudio de la sociedad. He aquí el quid de la cuestión: el honorable bigote de la Pérfida Albión concibe la racionalidad como la capacidad para tomar la decisión correcta, entendida como aquella que mejor sirve a los intereses de quien la toma. Pero en el ámbito de las ciencias sociales, racionalidad es tomar decisiones conforme a la razón, meditando los actos, algo que ni mucho menos nos vacuna frente la falibilidad propia del ser humano. El ahorrador que decidió comprar un piso como inversión en los albores de la burbuja inmobiliaria estaba actuando racionalmente: continuo crecimiento del precio en el pasado, expectativas de crecimiento pronosticadas por todo tipo de gurús y respetables organismos  y señales económicas que le empujaban a ello (facilidad de crédito). Pese a ello, la decisión fue completamente equivocada en cuanto a inversión, debido a la distorsión creada en el mercado por las expansiones crediticias de los Bancos Centrales. Aun así, ello no conllevó a que nuestro desafortunado ahorrador se gastara los 200.000 euros, que con tanto esfuerzo ahorró, como el que se lo juega todo al rojo en la ruleta.

Más allá de este error conceptual, si aplicamos la lógica de los animal spirits a la solución propuesta, vemos que la teoría hace aguas. Los estatalistas han otorgado al Estado un aura mística, divinizándolo,  otorgándole la omnipotencia y la omnipresencia. Pero los keynesianos olvidan un pequeño detalle, el Estado está formado por personas, personas que presuntamente rigen sus decisiones por los animal spirits. La solución de un estado que tome decisiones racionales, objetivas y científicas – una rémora de la planificación centralizada y el socialismo científico – para perfeccionar el imperfecto mercado, pierde cualquier tipo de consistencia cuando son los animal spirits de los altos burócratas y políticos quienes toman las decisiones. Porque parece ser que según los adalides de la intervención, dichas personas son seres superiores vacunados frente a la irracionalidad.

El pecado original del keynesianismo, y de toda clase de estatalismo, es su fatal arrogancia.

 

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